Por: Juan Camilo Reyes Marfoi.
En Colombia, no se sabe si la política alguna vez fue realmente el arte de pensar el país o si siempre ha sido un campo de batalla. Lo cierto es que, desde la conformación del estado-nación que hoy conocemos como la República de Colombia, y según varios historiadores —como Germán Colmenares (1979), Jaime Jaramillo Uribe (1968) y Jorge Orlando Melo (1996)— el país ha atravesado al menos diez guerras internas.
Somos un país que, históricamente, ha vivido en guerra. Por eso no sorprende que muchos de nuestros historiadores miren con escepticismo cualquier relato que romantice o justifique los conflictos armados en Colombia. Asimismo, no está claro si todavía se discute para proponer o se gobierna para unir. Lo que sí parece evidente es que hoy impera la necesidad de ganar, de imponerse a como dé lugar, de silenciar al que piensa distinto.
Poco a poco, hemos transformado el debate público en una contienda de egos, banderas y etiquetas. Algo similar a lo que han criticado pensadores como Pierre Bourdieu y Jürgen Habermas, al referirse a la llamada “opinión pública” como un espacio que, lejos de ser neutral, suele estar mediado por intereses ideológicos, relaciones de poder y estrategias de manipulación de la información.
Así, más que un lugar para el intercambio libre de ideas, la esfera pública se convierte en un escenario donde importa más cómo se presenta la información y con qué fines, que el contenido mismo del debate. El problema no es solo la polarización, sino lo que hemos hecho con ella. En lugar de reconocer que las diferencias pueden enriquecer la democracia, optamos por levantar muros. En teoría, poner en práctica los procesos democráticos debería ayudar a mitigar las lógicas de la violencia; sin embargo, en la práctica, muchas veces termina siendo lo contrario, profundiza las rivalidades y recrudece el panorama sociopolítico.
Estar a favor de una causa implica, automáticamente, estar en contra de otra. Ser de izquierda o de derecha ya no se asume como una postura política, sino como una identidad rígida que separa, define y excluye. Como si se tratara de cajones en los que nos encerramos voluntariamente para no ver otros caminos posibles. El debate político en Colombia parece haber tocado fondo. Se volvió predecible, superficial y emocionalmente extenuante.
Tal como lo anticipó el politólogo Francis Fukuyama en su célebre tesis sobre “el fin de la historia”, más que avanzar hacia una democracia deliberativa, hemos entrado en una etapa donde las grandes discusiones ideológicas se diluyen y lo que queda es una pugna o tedio rutinario, casi teatral, por conservar el poder o imponer narrativas vacías. Algo similar ocurre con la “modernidad líquida” de Zygmunt Bauman, donde todo es transitorio, inestable y fugaz, y con la crítica de Jean-François Lyotard a la posmodernidad, que señala el colapso de los grandes relatos y la pérdida de sentido en los discursos públicos.
En ese escenario, la política ya no convoca a la razón, sino al espectáculo. Se responde con consignas, no con ideas. Se atacan personas, no argumentos. Todo ocurre en un contexto irónicamente marcado por la promesa de ‘superar las limitaciones humanas’. Vivimos en la era del transhumanismo, una etapa donde la tecnología busca hacer al ser humano más rápido, más fuerte, más inteligente.
Pero, en lo biopolítico vemos todo lo contrario, una regresión al impulso, al prejuicio, a la reacción inmediata. Un ciudadano que piensa poco y publica mucho. Como lo señala el filósofo Byung-Chul Han en su obra magistral Infocracia (2022), el exceso de información no ha traído claridad ni pensamiento crítico, sino confusión, ruido y una peligrosa banalización del discurso. En lugar de fortalecer la razón pública, estamos alimentando una cultura de saturación, donde lo importante no es la verdad, sino la velocidad con la que se viraliza una idea, un insulto o una indignación momentánea. Nos convertimos en usuarios de una democracia acelerada, sin pausas ni matices.
En redes sociales, lo que importa no es quién piensa mejor, sino quién grita más fuerte. Se premia el escándalo, no la propuesta. Se castiga la duda, se ridiculiza el análisis. Las plataformas digitales, que alguna vez prometieron “democratizar” la conversación, hoy amplifican el ruido y reducen la política, en muchos casos, a un espectáculo de circo barato. Esa lógica de confrontación digital no se queda en internet. Se ha infiltrado en la vida cotidiana. Ya no se puede hablar de política en una cena sin correr el riesgo de una pelea. Se discute en los cafés, en las aulas, en los pasillos del trabajo. Pero no para entender al otro, sino para desmentirlo, corregirlo o, peor aún, humillarlo.
En medio de ese ruido, se olvida lo esencial, una sociedad no se construye gritándose, sino escuchándose. Ya lo advertía Noam Chomsky cuando hablaba de las “aldeas digitales”, esos espacios donde la información no circula libremente, sino que migra filtrada por intereses, sesgos y burbujas ideológicas.
En vez de abrirnos al mundo, los algoritmos nos encierran en nichos de confirmación, donde solo escuchamos lo que reafirma lo que ya creemos. Mientras tanto, los problemas reales del país siguen ahí, intactos. La pobreza, la corrupción, la violencia, la desigualdad, la crisis ambiental. Pero esos temas ya no ocupan las prioridades de la conversación pública. No generan clics, no venden titulares, no mueven emociones inmediatas.
Mientras nos peleamos por ideologías, los asuntos verdaderamente urgentes siguen sin resolverse. Lo más peligroso de este escenario no es solo que el debate político se vació de contenido, sino que el fanatismo comienza a verse como una forma legítima de participación. Cuesta dudar, matizar, reconocer que el otro puede tener algo de razón. Pensar se volvió un acto sospechoso; cambiar de opinión, casi un pecado. En lugar de valorar la reflexión, se premia la fidelidad ciega. Esto no significa que debamos caer en el relativismo o fingir que todas las posturas son válidas.
Hay causas que deben ser defendidas con firmeza y hay injusticias que no se pueden relativizar. Pero defender una idea no implica eliminar a quien piensa distinto. El disenso es parte fundamental de cualquier democracia que aspire a madurar. O al menos, eso fue lo que se pensó cuando se soñó con ese modelo. Colombia necesita menos hinchas y más ciudadanos. Personas que no teman a la complejidad, que comprendan que la política no es una guerra entre buenos y malos, sino una conversación continua entre intereses, visiones y contradicciones.
Necesitamos una ciudadanía capaz de construir desde el desacuerdo, de escuchar antes de responder, de valorar el análisis más que el aplauso fácil. Tal vez llegó el momento de bajarle el volumen al fanatismo y abrirle espacio al pensamiento sereno. Dejar de hablar desde el odio y empezar a construir desde el respeto. Entender que ningún país avanza con gritos, insultos o etiquetas, sino con ideas, acuerdos y decisiones colectivas.




